No era paz, era control
- 4 days ago
- 9 min read
Hace mucho no escribía.
Y aquí estoy otra vez, con una taza “king size” de café en la mano, lista para que continuemos nuestro último encuentro.
Después del último escrito, entendí que todavía había una parte de la conversación pendiente. Porque hablar de autosuficiencia inevitablemente me llevaba a hablar del control. Y ya saben que soy radicalmente honesta con lo que escribo, así que admitiré algo: últimamente me he parecido más a Pedro que a la mujer virtuosa.
Sí… a Pedro.
Impulsivo.
Intenso.
Reactivo.
El que amaba profundamente a Dios, pero aun así quería resolver las cosas con sus propias manos. El que prometía mantenerse firme y terminaba rompiéndose. El que a veces hablaba, actuaba y reaccionaba antes de procesar lo que realmente estaba pasando dentro de él.
Y honestamente… lo entiendo.
Porque cuando llevas toda una vida creyendo que tener el control es lo que te mantiene segura, cualquier cambio inesperado se siente como una amenaza, aunque no lo sea. Creo que ahí fue donde empecé a desconfigurarme un poco sin darme cuenta.
Le di tanta prioridad al hacer, al resolver, al sostener, al producir y al cumplir… que descuidé el ser. Y aunque desde afuera todo podía parecer “bajo control”, por dentro había cosas muy desbalanceadas.
Supongo que así se ve a veces ser humano.
Uno sigue funcionando.
Sigue trabajando.
Sigue resolviendo.
Sigue sonriendo.
Pero internamente empieza a desconectarse en silencio.
Y creo que eso fue lo que me pasó. Y creo que fue en medio de una de mis conversaciones con Lis, que finalmente caí en cuenta de muchas cosas. Recuerdo escuchar la voz de mi consejera diciéndome: “Debes darle prioridad a tu vida. No permitas que el trabajo te robe la oportunidad de vivir. Creo que tu alma está cansada… y un poco molesta contigo por haberla expuesto tanto y por olvidar los límites saludables.”
Y wow… cómo me pegó eso. Porque era verdad. Estaba permitiendo que me robaran mi energía y mi tiempo. A decir verdad, nadie me estaba robando nada, yo lo estaba regalando.
Continuó diciéndome: “Creo que debes perdonarte por abusar de ti y usar tus recursos solo por quedar bien con personas que no valoran tu esfuerzo. Haz un nuevo acuerdo contigo. Reflexiona sobre cómo comenzaste a perderte intentando resolverle a otros cosas que no eran tuyas ni eran emergencia.” Y mientras hablaba, sentía como si poco a poco me estuvieran poniendo un espejo al frente. Porque sí… me había perdido.
En el escrito anterior hablé de una niña que aprendió a sobrevivir resolviendo sola. Una niña que descubrió demasiado temprano que pedir ayuda no siempre se sentía seguro. Pero creo que no había entendido todavía hasta qué punto esa niña también aprendió a sentir seguridad solamente cuando tenía el control.
Porque cuando eres niña y no tienes independencia, no puedes decidir muchas cosas. No puedes escoger el rumbo. No puedes elegir con quién quedarte, no puedes elegir quién te “cuida” o quién entra a tu casa. No puedes detener los cambios de panorama. Solo te toca vivirlos. Y cuando varias veces esos cambios vienen acompañados de dolor, inestabilidad, decepción o miedo, algo dentro de nosotras empieza a desarrollar mecanismos para sobrevivir.
Creo que ahí comenzó todo para mí. Sin darme cuenta, empecé a asociar el control con seguridad. Sentía que si podía anticiparme a todo, organizar todo, pensar cada detalle y sostener cada escenario, entonces quizás podría evitar que me hicieran daño otra vez. Porque cuando pequeña no podía controlar nada. Y quizás por eso la adulta aprendió a intentar controlarlo todo.
Lo difícil es que muchas veces la gente piensa que se trata simplemente de “un cambio de planes” y ya. Pero no siempre es el cambio lo que me afecta. Es lo que mi corazón siente que ese cambio representa. Porque hay una parte de mí que todavía relaciona lo inesperado con perder estabilidad y consentimiento.
Por eso a veces cosas pequeñas me detonan emocionalmente más de lo que deberían. Y desde afuera probablemente parece exagerado, ridículo o hasta absurdo. Pero internamente no se siente pequeño. Internamente se siente como volver a experimentar aquella sensación de inseguridad que no sabía explicar cuando era niña.
Y amiga, honestamente, todavía estoy aprendiendo a manejarlo. Todavía me encuentro pidiendo disculpas por una reacción…
Hubo momentos en los que esos detonantes me transformaban en una persona que no era. Mi rostro se llenaba de coraje. Mi mente se aceleraba. Mi cuerpo reaccionaba como si estuviera tratando de defenderse de algo mucho más grande que la situación que tenía al frente. Y fue precisamente una amiga quien comenzó a hacérmelo notar. Me miraba y me decía que incluso mi rostro cambiaba. Me preguntaba qué había detrás de esa reacción. Me pedía que le explicara para poder entenderme. Pero la verdad es que yo tampoco sabía cómo hacerlo. Porque no estaba peleando solamente con el presente. Estaba reaccionando desde emociones viejas que todavía vivían conmigo. Emociones que mi cuerpo aprendió a interpretar como amenaza mucho antes de que yo tuviera las palabras para nombrarlas.

Hasta que tuve que aceptar algo difícil: si quería estar bien yo, y si no quería seguir lastimando a las personas que amo y que están a mi alrededor, algo tenía que cambiar. No podía quedarme atrapada en mecanismos que un día me ayudaron a sobrevivir. Ya no soy niña. Soy adulta. Y me toca responsabilizarme, cuidarme y entrar en el proceso de sanidad.
Quería vivir entendiendo que hay cosas que simplemente no puedo controlar, resolver o sostener. Que hay cargas que no me corresponden. Que no todo depende de mí. Y que intentar cargar el mundo completo no me estaba dando paz; me estaba agotando. Le estaba regalando un “sí” a los demás sin darme cuenta que me estaba diciendo “no” a mi misma.
Y aunque suene duro admitirlo, también entendí que muchas veces eso era ego disfrazado de responsabilidad. Como si todo dependiera de mí. Como si yo tuviera que sostenerlo todo para que las cosas funcionaran. Pero la verdad es que no somos tan indispensables como a veces creemos. Hay cosas que simplemente no nos tocan resolver, y el mundo no descansa sobre nuestros hombros. Aprender eso no me hizo sentir menos importante; poco a poco me hace sentir más libre.
Creo que durante mucho tiempo viví en modo supervivencia sin darme cuenta. Aprendiendo a sostener. A resolver. A estar alerta. A prepararme emocionalmente para cualquier cosa. Como si bajar la guardia fuera peligroso.
Incluso aprendí a creer que muchas cosas había que ganárselas.
El amor.
La aprobación.
La tranquilidad.
La validación.
El sentirse suficiente.
Como si para merecer ser amada tuviera que rendir, cumplir, resolver, cargar o hacerlo todo bien. Como si existir no bastara. Y uno se acostumbra tanto a funcionar así, que eventualmente el control deja de ser organización y se convierte en refugio.
Y cerramos aquella terapia vía WhatsApp cuando mi consejera me dijo una frase que todavía sigue retumbando dentro de mí: “Quizás llevas años intentando cambiar a los demás, porque todavía no sabes cómo dejar de abandonarte a ti.”
…bueno… ni les voy a decir cuánto me dolió eso jajajaj. Sentí el golpe directo por las costillas.
Pero últimamente Dios ha comenzado a confrontar suavemente esa idea dentro de mí.
Porque confiar en Él no se trata de tener todas las respuestas. Ni de asegurarlo todo. Ni de evitar cualquier posibilidad de dolor.
Y creo que ahí está una de las partes más difíciles de este proceso para mí: entender que mi seguridad no puede depender completamente de mi capacidad para controlar el entorno. Porque sobrevivir no siempre es lo mismo que vivir en paz.
Hay una diferencia enorme entre estar preparada para protegerte… y sentirte realmente segura. Y quizás por eso rendirle el control a Dios puede sentirse tan vulnerable para personas como yo. Porque cuando llevas toda una vida creyendo que controlar es lo que te mantiene a salvo, soltar aunque sea un poco se siente como película de terror.
Y también estoy aprendiendo algo hermoso:
Dios no me está diciendo “controla mejor”. Me está enseñando a descansar.
Me recuerda constantemente que debo depositar en Él toda ansiedad, porque Él cuida de mí (1 Pedro 5:7). Y honestamente… creo que tiene sentido que ese versículo lo escribiera Pedro. Porque Pedro también sabía lo que era reaccionar impulsivamente, querer resolverlo todo con sus propias manos y vivir desde la intensidad emocional. Pero también aprendió algo que yo todavía sigo procesando: descansar en Dios no significa vivir descuidadamente; significa vivir confiando en que no todo depende de uno.
Y mientras más leo y estudio ese pasaje, más me conmueve. Porque Pedro no estaba escribiendo un consejo de bienestar emocional para personas estresadas por la rutina. Les escribía a creyentes que vivían bajo persecución, incertidumbre y pérdidas reales; personas que habían descubierto que había situaciones sobre las que simplemente ya no tenían ningún control.
Además, el versículo ni siquiera comienza realmente en el versículo 7. Es la continuación de una idea que empieza antes: “Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios…, y luego añade: “… pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos De Dios”. Es decir, una de las formas de humillarnos delante de Dios es entregarle aquello que seguimos intentando controlar. No sé ustedes, pero esto a mí me confrontó fuerte. Porque muchas veces creemos que la humildad es reconocer quién es Dios, cuando también implica reconocer quiénes NO somos nosotros. No somos omnipresentes. No somos omniscientes. No somos quienes sostienen el universo.
Incluso la palabra que Pedro utiliza para “ansiedad” es importante. En griego es merimna, una palabra relacionada con estar dividido. Y eso describe lo que la ansiedad hace con nosotros: una parte de la mente permanece en el presente, otra intenta resolver un futuro que aún no existe y otra sigue reviviendo un pasado que ya no puede cambiarse. Nos fragmenta por dentro. Nos roba la capacidad de habitar el momento que Dios sí nos dio.
Y hay un detalle que pocas veces notamos: inmediatamente después de invitarnos a echar toda nuestra ansiedad sobre Dios, Pedro escribe: “Manténganse alerta” (1 Pedro 5:8). Es como si dijera: primero suelta la carga que no te corresponde llevar; entonces podrás mantenerte espiritualmente despierto, porque la ansiedad consume tanta energía que termina debilitando nuestra capacidad para discernir y perseverar.
Y entonces Pedro nos pone un reto sobre la mesa: depositar esa carga sobre Dios. No porque nos garantice que todo saldrá exactamente como esperamos, sino por una razón mucho más profunda: porque Él cuida de nosotros. No dice simplemente que Dios sabe lo que estamos viviendo. Dice que le importa. Que aquello que pesa sobre nuestro corazón también pesa sobre el suyo. Así que la base de nuestra confianza no es que entendamos el final de la historia, sino el carácter de Aquel que sostiene la historia… y también sostiene nuestra vida.
Dios no me está pidiendo que viva descuidada. Me está enseñando que puedo vivir confiada. Y ¿sabes qué? No, todavía no sé hacerlo del todo. Todavía hay detonantes. Todavía hay días donde mi mente quiere adelantarse a todo para sentirse segura. Todavía quiero ser la persona que resuelve. Todavía me dejo en último lugar por resolverle a otros. Todavía me cuesta decir “no”. Todavía hay momentos donde cambios simples remueven emociones viejas que sigo aprendiendo a procesar. No, amiga, todavía no paso ese examen. Estoy en proceso… pero en buenas manos.
Y aunque claramente no soy especialista en conducta humana, sí he intentado incorporar pequeñas herramientas que me ha dado mi consejera Lis y que me ayudan cuando siento que todo dentro de mí quiere entrar en modo alarma.
A veces simplemente respiro. Literalmente. Inhalo lento. Exhalo todavía más lento. Porque estoy aprendiendo que cuando mi cuerpo siente que todo es una emergencia, necesito recordarle que no todo lo inesperado significa peligro.
Otras veces intento regresar al presente. Porque cuando el miedo entra, la mente empieza a correr escenarios futuros… o pasados. Así que hago pausas. Miro alrededor. Toco algo. Escucho mi entorno. Intento volver al “ahora”.
Y quizás una de las cosas más difíciles ha sido aprender a preguntarme: “¿Qué es lo que realmente me asusta de esto?” Porque muchas veces no es el cambio. Es lo que el cambio hace sentir dentro de mí.
También voy aprendiendo algo que todavía me cuesta muchísimo: hacer pausa antes de intentar resolverlo todo. No contestar rápido. No entrar inmediatamente en modo rescate. No intentar controlar cada detalle para sentirme segura otra vez. Porque a veces mi cuerpo reacciona como si hubiera una emergencia… y realmente no la hay.
Y aunque todavía estoy aprendiendo, creo que parte de sanar también se ve así: tener paciencia contigo mientras desaprendes mecanismos que un día te ayudaron a sobrevivir.
Porque quizás el verdadero milagro no es convertirme en alguien que nunca siente miedo. Quizás el verdadero milagro es entender que mi valor no depende de cuánto hago, de cuánto trabajo, de qué tan bien salgan mis planes o de cuánto logro sostener. Mi valor depende de lo que Dios dice de mí.
Que no tengo que ganarme el amor de Dios por desempeño. Que no tengo que cargar el universo para ser suficiente. Y que aun sin tener el control de todo… sigo estando segura en Él.
Ufff, hasta aquí amiga, voy por más café. ☕️




Comments